lunes 30 de enero de 2012

Principios bíblicos para una relación matrimonial permanente (Génesis 2.18-25)


Del escritorio del pastor:  Principios bíblicos para una relación matrimonial permanente (Génesis 2:18-25).
            Todos estamos de acuerdo que el matrimonio está pasando una grave crisis.  ¿Qué pasaría si por ejemplo el 75% de los vehículos Toyota se rompieran dentro de los primeros años de fabricación?  Estamos seguros que la compañía tomaría medidas de emergencia.  ¿Acaso no está sucediendo lo mismo con el matrimonio?  Las estadísticas afirman que de dos matrimonios hoy día, uno termina en divorcio.  El divorcio no respeta edad, posición social ni credo religioso.  Tener presente que cuando viene el divorcio, los efectos los sufren hijos y familiares que están alrededor de la pareja.  Es interesante que las estadísticas de hogares divorciados afectan enormemente a los adolescentes.  El 80% de ellos que están en hospitales psiquiátricos vienen de familias fracturadas.  Tres de cuatro suicidios entre ellos vienen de familias donde falta ya sea el padre o la madre.  Los datos anteriores  son tomados de los últimos veinte años.  ¿Qué nos traerán los próximos veinte años?   ¿Dónde está la falla y qué correcciones debemos tomar?  Es tiempo de volvernos a la Biblia, el manual por excelencia y que tiene la Sabiduría divina para reorientarnos y que las estadísticas mejoren.
            Un primer principio, neguémonos a divorciarnos.    Desde luego que hay excepciones al respecto.  Sin embargo, creemos que hay muchos casos donde el matrimonio pudo salvarse.  En Mateo 19:1-9, Jesús fijó su posición respecto al matrimonio.  Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.    Al leer el pasaje mencionado, nos damos cuenta qué la intención de los fariseos era de tentar o probarle al Señor.  El divorcio en tiempos de Jesús era un tema de debate de dos posiciones.  Los que sostenían que el hombre podía dar carta de divorcio por cualquier motivo y al otra que sostenía que únicamente por la infidelidad.  Esta última Jesús la sostiene no como orden sino como una opción viable no como mandamiento.  Moisés lo permitió, por la dureza de ellos.  Para que como matrimonios no lleguemos a eso, los cónyuges debemos procurar el complementarnos mutuamente.  En 1 Pedro 3:1-7 hallamos valiosas recomendaciones que debemos tener muy en cuenta.  En el caso de las esposas hay un llamado a que ellas tengan una buena conducta en sus hogares.   Ganados sin palabras por la conducta de sus esposas.  En pocas palabras la esposa es llamada a tener una conducta ejemplar por medio de un espíritu afable y apacible.  Una mujer tranquila, quieta con control de sí misma que no pierde su buen estado de ánimo por cualquier cosa.  Así mismo el esposo debe desarrollar una conducta ejemplar con ella. Vivir sabiamente, dando honor como vaso más frágil…para que vuestras oraciones no tengan estorbo.  Así, toda pareja estará negándose a divorciarse.
            Segundo, debemos buscar hacer feliz a su cónyuge.  Santiago 4:1 pregunta, ¿de dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?  ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?  El hedonismo es el procurar buscar el propio interés  sobre los demás.  Es la satisfacción personal como producto del egoísmo.  Cuando Dios une a una pareja,  se vuelven una sola carne no dos.  Eso significa que deben tener los mismos propósitos.  Para ello, sigamos el modelo de Cristo el busca el bienestar de los demás anteponiendo sus intereses al dejar la gloria y venir a la tierra en nuestro beneficio.  Nada hagáis por contienda o vanagloria, antes bien con humildad….se humilló .  En Efesios 5:28 Pablo dice: El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. 
            Finalmente, debemos evitar una lengua que hiere (Proverbios 10:19, El que refrena sus labios es prudente).    Creemos que cuando los cónyuges hacemos buen uso de la lengua el matrimonio va por mejor rumbo.  Para ello tener presente tener una lengua silenciosa.  Es la habilidad de saber cuando callar.  Santiago 1:19 exhorta:  pronto para oír, tardo para hablar…Normalmente hacemos lo contrario.  Una lengua amable,  sucede cuando el amor nos controla y así es fácil ganarse al cónyuge.  La amabilidad inicia en el hogar.  Muchas diferencias podrán solucionarse con una lengua amable. Una lengua que edifique (Efesios 4:29, ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes).  Un matrimonio que usa palabras apropiadas construye una relación fuerte, estable y permanente.  Edifiquemos a nuestro cónyuge con un buen uso de nuestra lengua.  Bendiciones a todos.

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