lunes 25 de febrero de 2013

¿Y quién es mi prójimo? La parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37)


¿Y quién es mi prójimo?  La parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37)
Esta parábola es quizá la más conocida junto con la del hijo pródigo.  Si nos fijamos, Jesús la describe debido a una pregunta con mala intención de parte de un intérprete de la ley (escriba experto en la ley de Dios).  ¿Quién es mi prójimo? Pregunta el escriba queriendo justificarse.  Acaso hay una línea divisoria entre las personas que debo amar y las que no debo porque las considero que no son mi prójimo.  El amor a los demás como el servicio, debe hacerse de manera libre y sin acepción de personas.  Si aspiramos a involucrarnos a servir a nuestro prójimo, debemos aprovechar toda oportunidad que se nos presenta y ser espontáneos cuando aparezcan.  Tal como el samaritano, debemos acercarnos al necesitado no esperar que ellos vengan a nosotros.  Cuando hablamos de servicio nos referimos a la acción de buenas obras (no para ser salvos, Ef. 2:8-10), las cuales son fruto  de nuestra salvación. 
            La conversación se da entre Jesús y un intérprete de la ley.  Una persona que conocía muy la ley mosaica. Este hombre la hace dos preguntas para probarle (v. 25).  Quizá quiso poner en evidencia a Jesús si efectivamente conocía la ley como él.  Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?...¿Y quién es mi prójimo?     Su primera interrogante tiene que ver con lograr la salvación por obras.  Haciendo qué podría ser salvo.   Debemos tener claro, que nadie es salvo por sus obras.  Todo es por gracia (Ef. 2:8-9).  La respuesta dada por el intérprete es acertada (v. 27).  Bien  has respondido, haz esto, y vivirás (v. 28) fue la respuesta dada por el Señor. A la segunda pregunta, Jesús  responde por medio de esta maravillosa parábola.  Un hombre es asaltado y dejado muy herido camino a Jericó.  Lo dejan a un lado casi muerto.  El primer personaje que pasa por el camino es un sacerdote (v. 31). El sacerdote representa el religioso que supuestamente venía de servir en el templo. Era una persona de prestigio dentro del pueblo.  Según Números 19:11-16 regulaba no tocar cadáveres ni nada inmundo.  Quedaba excluido de las ceremonias religiosas.  Sin embargo, el sacerdote ya venía del templo en dirección de su casa.  Su reacción, viéndole, paso de largo.  Sencillamente fue indiferente a la situación de la persona.  Lo vio, lo ignoró  y no le prestó ninguna ayuda al herido.
            La segunda persona era un levita (v. 32)  Tal como el sacerdote, representaba también la parte religiosa y trabajaba en el templo de Jerusalén y reacciona de manera similar al sacerdote.  Llegando cerca….viéndole, pasó de largo.  Ambos olvidaron Levítico 19:34, Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo.  Tanto el sacerdote como el levita, eran los encargados de dar ayuda a los necesitados.  Olvidaron su llamado o vocación de Dios.  Ambos vieron al hombre es muy mal estado, se incomodaron al verlo, endurecieron su corazón y tranquilamente siguieron su camino.  La tercera persona en escena es un samaritano. La Biblia, describe que la relación entre ambos pueblo era de desprecio entre ambos.  Los samaritanos vienen de la mezcla del remanente judío con los gentiles que los asirios llevaron a esa región después de invadir a Israel (2 Reyes 17-18).  Las dos personas eran muy apreciados por el pueblo.  El samaritano era la persona menos indicada para da ayuda a la persona herida.   Fue movido a misericordia….vendó sus heridas, echándole aceite y vino, y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó el mesón, y cuidó de él.  Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo:  Cuídamele, y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese (v. 33-35).    El samaritano pudo dejar al herido en el camino después de darle los primeros auxilios y tratar de calmar su conciencia.  Hizo más de lo esperado. Superó su propia comodidad y tuvo que caminar llevándole en su propio caballo.  ¿Habrá límites para la misericordia?  Algunas veces tratamos de ser razonables  con nuestro llamado a amar, hacer misericordia y servir.  Podemos tantas y variadas objeciones:  no tengo tiempo, estoy muy ocupado.  Estoy corto de dinero.  ¡Ojo con la indiferencia hacia los demás!  Debemos caminar la segunda milla.  El samaritano compartió su tiempo, energía, recursos y comodidad para ayudar al necesitado.  La conclusión final y respuesta que Jesús hace al intérprete y a nosotros hoy es: Vé, y haz tú lo mismo.  ¡Nuestro prójimo lo necesita!  Dios lo demanda.  Bendiciones a todos. 

1 comentario:

  1. Pero ¿Quién es mi prójimo?
    Jesús da la respuesta en el Cap. 10, versículo 36. No es el que recibe la ayuda, sino quien da la ayuda, ese es el verdadero prójimo.

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