lunes 18 de marzo de 2013

Mejor son dos que uno (tomado de Apuntes Pastorales)


Mejor son dos que uno (por Henry Clay, tomado de Apuntes Pastorales, marzo 2013).
El libro de Eclesiastés señala que es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito.  Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle, pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas (Ecl. 4:9-10).  En la vida espiritual, terminar la carrera es mucho más importante que empezarla.  Una de las claves para terminar bien es evitar la tentación de caminar solo, pues así podemos cultivar amistades significativas con otras personas que nos pueden acompañar.  Lamentablemente, mucha gente termina su vida mucho mas sola de lo necesario.  Este aislamiento resulta de patrones en la vida que nunca lograron corregir.
            La etapa de la juventud es la más propicia para formar amistades, porque es en la que menos nos sentimos presionados por la vida.  Además poseemos una especial flexibilidad para sobrellevar la injusticias, las incomprensiones y las tradiciones que en otras etapas de la vida no gozamos.  Si aprendemos a cultivar verdaderas amistades durante la juventud conseguiremos también desarrollar los hábitos que nos permitirán disfrutar un círculo de amigos a lo largo de toda la vida.  Lamentablemente la iglesia no siempre provee el mejor ambiente para formar amistades.  Son frecuentes los celos, las contiendas y la competencia entre hermanos, actitudes que opacan la transparencia, la cual es esencial para construir una amistad sana.  A esto se suma la costumbre, en el ámbito de la congregación, a relacionarnos más por medio de reuniones que en contextos informales.  Con frecuencia un concepto errado de liderazgo adiciona complicaciones al desafío de formar amistades:   se cree que cierta distancia entre el líder y sus seguidores es siempre necesaria. 
            Desde el contexto de la amistad recibimos el ejemplo de algunos de los grandes héroes de la fe.  Isaías 41:8 por ejemplo, Dios se refiere a Abraham como s amigo, expresión que llama la atención porque Isaías vivió más de mil años después del patriarca.  El autor de Éxodo 33:11 afirma que el Señor hablaba con Moisés cara a cada, como cuando alguien habla con un amigo.  Del mismo modo, en el Nuevo Testamento, Jesús los declara a los Doce:  ya no los llamo esclavos, porque el amo no confía sus asuntos a los esclavos.  Ustedes ahora son mis amigos, porque les he contado todo lo que el Padre me dijo (Jn 15:15, NTV).  Los conceptos más profundos de la amistad nacen de la relación que cultivamos con Dios.  Solemos afirmar que Dios es nuestro amigo, que nos escucha, ayuda y protege, y esto es así.  Pero es digno de notar, en los ejemplos mencionados, que Dios llama a estos varones sus amigos.  Representa todo un desafío para nosotros relacionarnos de tal manera con el Señor a fin de que él nos considere sus amigos.  Es evidente que para que esto ocurra se requerirá buscar no solamente la mano del Señor, por lo que podamos recibir de él, sino también su rostro, por el compañerismo que logremos disfrutar con él. 
            Una amistad como David y Jonatán es poco común, pero vital para el crecimiento de las personas.   El historiador nos relata en 1 Samuel 18, que:  después de que David terminó de hablar con Saúl, conoció a Jonatán, el hijo del rey.  De inmediato se creó un vínculo entre ellos, pues Jonatán amó a David como a sí mismo (v. 1).  El encuentro ocurrió después de la victoria de David sobre Goliat.   Es interesante notar que Jonatán no alimentó celos hacia David, lo cual es una de las cualidades más atractivas de una verdadera amistad:  la persona se regocija en los logros de la otra persona, como si fueran los de ella misma.  Llegó un momento en que estos dos varones debieron separarse físicamente el uno del otro.  No obstante, su amistad se prolongó hasta el fin de su vida, porque gozaban de una unidad espiritual, forjada en la adversidad y la aventura compartida.  El historiados relata que, cuando David se despidió de Jonatán, los dos lloraron, pero David lloró más que su amigo (1 Sam. 20:41).  Esto podría indicar que la amistad cobraba más importancia para David que para Jonatán.  El hijo de Saúl volvería al palacio donde permanecería rodeado de todos los lujos propios de un hijo de rey.  Pero David sabía que al perder a Jonatán también perdía todo pues de ahora en más su vida sería la de un prófugo.   Estamos de acuerdo, que no podemos alcanzar el mismo nivel de amistad con todos, aunque hemos sido llamados a amar a todos por igual sin distingo alguno. 
            Finalmente, veamos brevemente algunos ingredientes claves para forjar una buena amistad:  1)  Sacrificio por el otro (Romanos 5:8): lo que más mata la amistad es el hábito de exigirle a la otra persona que nos sirva cuando debería ser lo contrario.  2)  Revelación mutua, no es posible cultivar una amistad si no alimentamos la disposición de abrir nuestro corazón a la otra persona.  La confianza y la transparencia fueron los primeros elementos que se perdieron cuando cayeron Adán y Eva.   3)  Exhortación mutua (Prov. 27:6, 9):  las correcciones de otros son las que nos salvan de nuestras propias locuras y engaños.  Necesitamos el amigo fiel, que está dispuesto a decirnos lo que no queremos escuchar.   4)   Perseverancia (Prov. 17:17,  En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia),   la presencia de un amigo en tiempos de angustia es un regalo que no tiene precio.   ¿Qué clase de amigos somos?  Reflexionemos al respecto y tratemos de forjar mejores círculos de amistad entre aquellos que nos rodean.  Bendiciones a todos.  

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