lunes 24 de marzo de 2014

Si alguno se limpia de estas cosas (Rogelio Nonini, Apuntes Pastorales, Vol. XXVI, Núm. 1, p. 11-13).

Si alguno se limpia de estas cosas (Rogelio Nonini, Apuntes Pastorales, Vol. XXVI, Núm. 1, p. 11-13).
Al observar la conducta de muchos líderes religiosos y congregaciones evangélicas nos asombra encontrar un relativismo moral muy similar al que rige nuestra sociedad sin Dios.  Tal pareciera que, por estar insertos en ella, nosotros, los creyentes en Cristo, hemos ido perdiendo la sensibilidad para distinguir el pecado de nuestra propia vida y en la de Su iglesia.
            Con dolor percibo que en la iglesia ya no nos escandalizamos por el pecado que nos rodea.  Permanecemos indiferentes ante lo que sucede en nuestro entorno y la condición deplorable en que viven millones de personas.  Pero mi dolor aumenta al advertir en nuestras iglesias los mismos pecados que se viven en nuestra sociedad, y que muchos de los que los practican son los mismos líderes.  Los valores fundamentales del Reino, como la santidad, la pureza, el amor, la verdad, la humildad, el respeto y el temor de Dios ya son extraños en muchas congregaciones.  Alguien dijo:  los pecados de los cristianos han debilitado el poder de la Iglesia. 
            La inmoralidad que hemos condenado en el mundo está minando nuestras iglesias y moldeando la conducta de nuestros líderes.  Veamos a continuación una lista de faltas más comunes en el ministerio:
            1.  Ausencia de integridad, tanto en la enseñanza, como en el trato con los demás.  Existe una marcada diferencia entre lo que se dice creer y se predica con lo que se vive.
            2.  Falta de verdadero espíritu de servicio.
            3.  Marcado interés por lo material, lo que está  llevando en muchos casos a que el momento de levantar la ofrenda se convierta en pedir, pedir y pedir.  Se escucha a predicadores que amenazan afirmando que el Señor va a castigara quienes no entregan sus diezmos y ofrendas.  Al final diezmar se transforma en un trueque, o en una especie de seguro contra la pobreza.
            4.  Falta de respeto por otros ministros y ministerios.
            5.  Crítica despiadada contra consiervos.
            6.  Carencia de firmeza de palabra, prometen y no cumplen.
            7.  Impuntualidad crónica.
            8.  Ausencia de interés por aprender o capacitarse para ser mejores ministros.
            9.  Acepción de personas que se muestra en la preferencia por personas que gozan de abundancia financiera.
            10.  Afán por la fama.  Se muestran como estrellas pero luego sencillamente no pueden ofrecerse como modelos  a sus congregaciones y piden que solo miren al Señor.  Convierten cada culto en un espectáculo de su poder.
            Podemos notar orgullo y ostentación  entre los gobernantes que viven en casas fastuosas, se visten con atuendos de reconocidas casas de moda, frecuentan lujosos restaurantes.  Sus gastos son cuantiosos sin considerar la necesidad apremiante de sus pueblos.  En la iglesia, algunos líderes viven y se comportan como si fueran magnates del evangelio.  Sus casas, sus autos, su vestuario y la suntuosidad de sus templos contrasta totalmente con el estilo sencillo de Jesús y con la pobreza de sus congregaciones.  El afán por vivir en lujos, sin privación alguna, administrando abusivamente las ofrendas que con amor y sacrificio entrega el pueblo del Señor, es un pecado no solo contra el pueblo sino también contra Dios.
            Podemos notar abuso de poder.  Conocemos el autoritarismo de los que usan las posiciones de poder para alcanzar sus fines.  En todos nuestros países latinoamericanos hemos sido testigos de casos en que la administración pública se transgreden las leyes con impunidad, la justicia se condiciona cuando se trata de juzgar a personajes del gobierno.  En las iglesias aprovechándose de las estructuras administrativas de su denominación, han surgido líderes que sacan ventaja del poder que les confiere el pastorado, el ministerio o el cargo que ejercen dentro o fuera de la denominación en que ministran.  Muchos pastores, mediante manipulación  establecen con los miembros de sus congregaciones vínculos de temor.  El poder que recibimos por nuestra posición en el ministerio nos corromperá si no servimos a la Iglesia sujetos al Señor. Diótrefes ilustra esta abuso de poder:  no contento criticar al apóstol Juan no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se los prohíbe, y los expulsa de la iglesia (3 Juan 9-10).    La iglesias podrá moldear la vida plena en Cristo a sus comunidades cuando sus líderes sean modelos que puedan seguir. 
            Nuestra responsabilidad es mayúscula y no debemos fallarle ni al Señor, que nos llamó al ministerio, ni a su iglesia, que necesita que nosotros la guiemos viviendo delante de ella justa e irreprochablemente, como es digno de un ministro del Señor.  Urge estudiar y vivir la ética ministerial, a fin de modelar a nuestras iglesias el carácter de Cristo, tal como él fue ejemplo para sus discípulos y para su generación, y el apóstol Pablo para las iglesias y líderes de su época.   Bendiciones a todos. 

            

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