miércoles 01 de abril de 2015

El Cristo de Hispanoamérica (Dr. Emilio A. Núñez).

El Cristo de Hispanoamérica (Dr. Emilio A.  Núñez).
El Cristo español, ciertamente, el Cristo llegó a nosotros vía España: la España que dotada de un sentido de misión, de una mística muy propia del espíritu íbero, realizó la conquista y colonización de gran parte del Nuevo Mundo.  Por la primera y última vez en la historia del cristianismo, dice Juan Mackay,  la espada y la cruz formaron una alianza ofensiva para llevar el cristianismo, o lo que se consideraba como tal, a tierras extrañas.            
            Al frente de la empresa venía el almirante genovés don Cristóbal Colón, quien ufanándose de la etimología de su nombre Cristóforo se consideraba un verdadero portador de Cristo.  ¿De cuál Cristo? preguntamos.   Muy extraño debe haberles parecido a los aborígenes americanos este Cristo de sus conquistadores, el dios blanco que muere por toda la humanidad, establece una religión cuyo jefe máximo está en Roma, y cuenta entre sus seguidores al rey hispano, quien envía un grupo de sus aguerridos súbditos a descubrir y sojuzgar tierras misteriosas y lejanas al otro lado del mar.  En nombre de Dios y del rey estos castellanos, rubios como el sol y cabalgando briosos corceles, matan indios a diestra y siniestra, les despojan de sus tierras, les violan a sus mujeres, y convierten a todos, los que sobreviven la matanza, en esclavos del papa y del imperio español. 
            En muchos casos, dice Sante Uberto Barbieri, el espíritu de la espada fue mas fuerte y poderoso que el espíritu de la cruz.  Para muchos Cristo no era un Salvador que había dado su vida por ellos sino un tirano celestial que destruía las vidas para su gloria. 
            El Cristo imagen, muy útil sería en el trabajo catequístico de la iglesia en tierras americanas el Cristo imagen que tan prominente era ya en la religión de los colonizadores.  Era mucho mas fácil mostrar una imagen que explicar un dogma, hacer un cambio de imágenes europeas por los ídolos autóctonos que arrancar de cuajo ideas religiosas que eran producto de siglos.  Tampoco era americanizar la imagen de Cristo.  El sincretismo religioso se expresaría  también en esculturas y pinturas de un Jesús que retiene sus facciones extranjeras pero en color moreno.  Hay muchos cristos mestizos, y aún negros en nuestra América hispana.
            Aquí también el Cristo se volvería piedra y madera, lienzo y estampa obra de arte a veces magnífico escultura y pintura en la gloria de los altares, en el rincón hogareño, en la celda monacal, en el cruce de los caminos, en la cresta de las montañas.  El Cristo imagen habría de proyectar su sombre a lo largo de todo un continente.  Esta figura del Cristo se hizo familiar en campos y ciudades, y al fin despertó en le gente simpatías.  Después de todo el Cristo es un niño en los brazos protectores de su madre, inofensivo y dulce como todos los niños.  Es el niño que no puede hablar.   Su balbuceo es apenas comprendido por María, quien lo sostiene y le cuida.  No puede el niño Dios reprocharle a los amos blancos su abuso de poder….Es solo la imagen de un niño que permanece sonriendo, indiferente a la enorme tragedia que ocurre en su derredor…….Así la veneración a María llegó a tener más importancia en nuestra América que el culto a Cristo.  Las almas oprimidas buscan a la madre, María, no a su hijo Jesús. 
            El Cristo sufriente, en general, la iglesia tradicional en Hispanoamérica se ha caracterizado especialmente por la presencia del Nazareno que sufre, agoniza y muere.  Era la religión del crucifijo, del Cristo que muere en impotencia clavado al madero de ignominia.  La apoteosis de esta religión se efectúa el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección.  Por supuesto, el dogma afirma que el crucificado se levantó al tercer día de entre los muertos, pero el dogma no parece llegar a las masas.  Lo que ellos contemplan es al Cristo prisionero, azotado, coronado de espinas, clavado en la cruz, encerrado en su urna funeraria:  su aposento de todo el año, de todos los años, de siglos y siglos. 
            Hispanoamérica no solo a llorado con Cristo, ha llorado por él.  Y mas por él que con él.  Sus palabras pronunciadas en la vía dolorosa se han echado al olvido:  Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos. 
            En su novela El Señor Presidente, Miguel Angel Asturias pinta lo vivo la fe de las masas latinoamericanas en el Cristo imagen cuando pone en los labios de una pobre mujer las siguientes palabras:
            A usté es al que yo siento.  Debía pasar a pedirle a Jesús de la Merced.  ¿Quién quita le hace el milagro?  Y esta mañana antes de irme a la penitenciaría, fui a prenderle una su candela y a decirle: ¡Mirá, negrito! Aquí vengo con vos, que por algo sos tata de todos nosotros y me tenés que oír:  en tu mano está que esa niña no se muera, así se lo pedí a la Virgen antes de levantarme y ahora paso a molestarte por la misma necesidad, te dejo esta candela en intención y me voy confiada en tu poder, aunque día-cún rato pienso pasar otra vez a recordarte mi súplica (p. 262-263). 

            La oración de esta mujer no podía ser mas sincera, ni su confianza mas grande.   Así reza nuestros pueblo, así ha rezado por siglos ante el Cristo crucificado, muerto y sepultado.  ¿Y usted a quién le ora y adora?   

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